Por César Luis Penna
Durante las remodelaciones del Teatro 3 de Febrero, debido a la reforma de la Constitución llevada a cabo en Paraná y Santa Fe en el 94, debajo del piso donde descansaban las antiguas butacas hallaron una caja rectangular con papeles que parecían pergaminos en blanco. Todos pensaron en llevarlo a algún lugar para analizarlos, pero entre una cosa y otra lo dejaron en una pila de material y así quedó para ser descartado. Uno de los empleados pidió permiso y le dijeron que podía llevárselo. Él solo quería la caja para que su hija guardara sus dibujos y lápices. La caja era de un roble con tratamiento contra la humedad que había resistido muy bien el paso del tiempo y las condiciones. Estaba envuelta en varias capas de cuero vacuno resecas y debido a la impecable condición del suelo tratado para que las maderas del piso durarán un poco más de 100 años, la caja se veía impecable.
Oscar estaba feliz con su regalo, cuando llegó a su casa se lo dio a su hija y ella con un trapito húmedo la limpió bien. Ella le preguntó a su madre cómo podía limpiar los papeles. Con un algodón y con unas gotas de limón fue la sugerencia, empezó despacio, papel por papel para poderlos dibujar. Inmediatamente notó que en lugar de limpiarse se ensuciaban más, y comenzó a llorar. Oscar se dio cuenta que con el limón aparecían palabras.
—¿Por qué pasa eso papi?
—No sé hija, ¡gorda mirá!
La matriarca miró el papel con la escritura y recordó lo que le habían dicho alguna vez en la escuela.
—Esto puedo ser importante negro, ¡mirá la fecha!
—¡No se entiende nada eso!
—Dice “enero de 1810”, es de la época de San Martín, Belgrano y el Cabildo.
Parecía una carta dirigida a quien la encontrase escrita en una cursiva impecablemente prolija:
A quien encuentre esta carta os agradeceremos que la remita a la autoridad más cercana de su magestad, pues su siervo Don Bartolomé Hidalgo ha tomado todas las precauciones, ante el clima que se vive en las provincias…
—No entiendo nada mami, ¡dame la caja!
—Yo tampoco gorda, ¿quién es ese que se llama igual que la calle?
—¡Sos bruto vos! ¡Dejame leer!
…Llevábamos el cargamento hacia Córdoba donde teníamos un lugar seguro, pero en el camino nos atacaron y debido a las bajas tuvimos que salirnos de los caminos y ocultarnos en la iglesia Matriz que nos dejara nuestro querido Juan de Garay. Junto a los fieles Padres unas semanas después trasladamos todo a la otra orilla donde tenemos dominio pleno, ya que estas tierras están infectas de sucios herejes y revoltosos. Fue una gran empresa llevar todo a través de barcazas porque es un nido de arroyos y ríos inmensos. En medio de la espesa oscuridad entramos por unos pasajes en las lomadas, inmensos, hechos por nuestros frailes y los indios. Todo era para que nadie nos viera entrar. Como llegamos de noche, íbamos iluminados apenas por antorchas esquivando las ratas con los sables. Dimos muchas vueltas y subimos por lugares dignos de ser reconocidos como unas de las maravillas del mundo. Finalmente salimos en una antigua capilla donde descansamos varios días. Nos vestimos con los ropajes del pueblo para no levantar sospechas, incluso algunos de nuestros mejores soldados se han mezclado entre los aldeanos para traernos todas las novedades que se vayan dando.
Con los frailes hemos ideado un buen plan críptico que solo su majestad podrá descifrar haciéndose con todo lo recaudado estos años. Extrajimos hasta la última gota dorada de Lima pese al clima hostil y los sediciosos metiendo sus narices en todos lados.
–¿Dice algo más gorda?
–No negri, deberíamos pasar más limón en las otras hojas.
–No hay más, el último limón se lo puse al vino.
–Bueno, mañana seguimos entonces…
Los tres se fueron a descansar solo soñando con lo que tendrían escrito esas hojas. Oscar ya se imaginaba abriendo una caja repleta de monedas como la película de los “Piratas del Caribe”. La mujer se durmió pensando sobre qué sería mejor: dejar todo donde estaba, llevar eso a un museo o seguir leyendo como si fuera un juego familiar como ella jugaba con sus padres de chica.
El cantar de un gallo despertó a la familia, Oscar se preparó unos mates antes de ir a trabajar y llevar a la pequeña a la escuela. Elva le preparó la mochila con todo lo que tenía que llevar ese día dejando la caja en la casa. La niña se negaba a dejarla, pero con una breve explicación de su madre entendió:
—¡Porque no y listo! —le había dicho.
El pacto entre los tres era no contar nada a nadie hasta saber más. Así lo hicieron. Elva, cuando terminó de limpiar las casas donde trabajaba, compró una bolsa de limones, Oscar se distrajo tanto que se había olvidado del asunto, al igual que la pequeña María. Fue recién después de la cena, cuando Elva llevó a la mesa los papeles, pero Oscar y María miraban la tele. Con el cuidado de una curadora de un museo, tomó un algodón y lo pasó cuidadosamente sobre el segundo papel.
El método parecía no funcionar y tuvo que dejar todo como estaba y mirar tele con el resto.
María se dio cuenta y le sugirió a la mamá que en la biblioteca popular podría haber algún libro de historia que hablara sobre eso. Pero como los progenitores trabajaban todo el día tenía que ir ella. Convencieron a una de sus abuelas para que la llevara.
La pequeña quedó fascinada con el lugar, las señoras que la atendieron le presentaron los libros donde podía estar la información y ella leyó hasta encontrar un método posible. María se mordía la lengua para no contarle a sus amigas, pero sabía de sobra lo que podría llegar a pasar. Cuando llegó a su casa le explicó como pudo a su papá y a su mamá lo que había aprendido. Eligieron un método y procedieron…
Antes, Elva hizo jurar con una mano en la biblia a los tres que no dirían nada a nadie de lo que encontraran escrito en los papeles. Entonces prendieron unas velas y pasaron el segundo papel por las llamas. De la nada, como si fuera una magia antigua, las palabras fueron apareciendo:
Llevamos mucho tiempo en este poblado que se ha ido haciendo cada vez más grande, nuestros mejores hombres están en las esferas del poder como lo manda la hermandad y dejaremos todo aquí mismo hasta que recibamos las órdenes para sacarlo, ya que se nos ha hecho muy difícil mover una onza. Con las palabras que nos dieron origen le marcamos el lugar…
Expergefactio magni Phoebi
terga nostra percutit
Centum gradus
nos a terra sacra abducunt
Lacrimae Virginis nos lavant
et gradus iberum deambulatio ut
nostra et in ora lleonis
progredimur per frigidum et humidum
lutum ubi omnes nati estis.
Sicut draco vulneratus progredimur
in hoc conatu donec inveniamus
locum siccum et tutum sicut humerum
magni Domini nostri.
Como sabrá vuestra majestad, no somos buenos para la poesía pero al ocaso de un día soleado dejaremos todo para custodiar lo vuestro y dejad en sus manos una poesía que no es poesía y una canción que no es canción.
—Mirá gorda acá hay un dibujito… ¿Será una escuela?
—No, negro, eso es otra cosa, seguro lo he visto en algunas casas del centro a esos dibujos, nadie se olvida de ver un compás en una pared, es raro eso.
Dejaron todo guardado y la familia se dispuso a ver la tele.
II
Un par de días después la niña volcó accidentalmente la taza con su merienda: un matecocido con leche. Creyeron que todo estaba perdido, pero todos los papeles tenían más letras y dibujos del compás, números romanos, hasta había uno con un ojo. Era un acto de magia sin magia, solo los ingredientes vertidos y ¡Pum!.
—Mirá, vieja, este tiene otra letra.
—Sí, es de muchos años más adelante, el papel es distinto, más grueso, parece más nuevo.
—Leé, a ver qué dice…
Los hechos acontecidos en la provincia llevaron a que nos hiciéramos cargo del gran cargamento del Virreinato. Podíamos comprar la Banda Oriental o a Chile con todos sus ciudadanos haciéndolos parte de la Confederación, pero Don Justo, que es un gran administrador, nos juró que tenía un plan para ocupar todo y ser una gran nación. Nunca escribió su plan, solo se lo murmuró a Bartolomé en una fiesta, y este creyó que era cosa de borrachos. Pero Domingo, influenciado por no sabemos qué habladurías, presiones o intereses, tomó la provincia, desarmando la Confederación y poniendo a Buenos Aires a la cabeza de un país.
La Gran Logia tiene representantes en todas las esferas de la política, economía, salud educación, seguridad, hasta las calles mismas. Tiene conocimientos y datos que apuntan que las grandes potencias manejan los hilos de nuestro país desde mucho antes de 1810, y quienes están administrando son solo marionetas salidos de sus escuelas. Por ello es que en la gran Tenida nacional hemos decidido elaborar un plan para salvaguardar los recursos hasta que podamos utilizarlos como la gran nación que alguna vez fuimos y a la que aspiraba nuestro gran hermano el General José de San Martin.
—Gorda, eso se puso jodido, esos tipos no me gustan nada.
—Sí, pero sigamos leyendo…
Nuestra ciudad de barrancas y río se ha vuelto un lugar muy habitado y diputado silenciosamente, grandes familias de franceses, españoles, italianos, árabes e ingleses; han levantado suntuosos palacios escarbando más de lo debido, seguro buscando lo que tenemos en nuestra guarda. Por ello, por si nos pasara algo a los centinelas, hemos dejado algunas partes de un rompecabezas que solo nuestros hermanos podrán descifrar.
Magnus miles terrarum nostrarum
ostendit viam in posterum
id est, venturum, mounted
in gilvo, sella splendida
dabo claves egregie
occasum solis.
Immobilis, semper praeeminet
ut futura nostra sint.
–¡Otra vez esto que está en inglés!, yo no entiendo nada.
–Vamos a tener que buscar un diccionario de inglés para saber…
La pequeña ayudó a que sus padres se dieran cuenta de que no se trataba de inglés porque no había ni una sola palabra del mencionado idioma. Se llevó los fragmentos escritos para preguntarle a las bibliotecarias de la Popular por sí conocían el idioma. Les dijo que era para un trabajo de la escuela. Ellas lo reconocieron enseguida y fueron a buscar algún diccionario o alfabeto. La pequeña María se llevó escrito en el mismo papel los poemas traducidos.
Después de cenar un buen puchero, María le llevó el papelito…
—Mirá mamá esto dice el último:
1º
El gran guerrero de nuestras tierras
señala el camino hacia el futuro
que ha de venir, montado
en su alazán, su brillante montura
dará las claves de un brillante
atardecer.
Inamovible, Marcará siempre el camino
para que el futuro sea nuestro.
…y este es el otro:
2º
El despertar del gran Febo
a nuestras espaldas
trescientos pasos
nos alejan de la tierra santa
Las lágrimas de la Virgen nos lavan
y bendicen nuestro andar libre como
la liebre de las garras del león
Progresamos a través del frío y la humedad,
el barro donde todos nacisteis.
¡Avanzamos como un dragón herido
en este esfuerzo hasta encontrar
un lugar seco y seguro como un hombro
nuestro gran señor!
—¿Son adivinanzas? Esto no se termina más…
—Pensemos negro, qué significa esto, lo difícil era leerlo como estaba. ¿Qué era hija?
—Latín, mami, como los que hablaban los griegos me dijeron las profes de la biblio.
Después de tirar varias ideas, la familia entendió que el primero se trataba de una estatua a caballo, en la ciudad solo había tres y el resto solo eran bustos.
—Vos que estás en la Municipalidad, ¿tenés que saber cuáles son!
—Sí, qué se yo, está la de Urquiza, la de San Martín, y la del gaucho de Cinco Esquinas.
—El domingo vamos a visitarlas a ver si vemos algo.
El segundo directamente les pareció bello, pero no lo entendieron ni un poco.
III
El domingo con el mate en mano fueron a visitar las estatuas. Comenzaron en Cinco Esquinas: La del Gaucho, que era y es el reconocimiento a quienes fueron protagonistas de la historia y nuestra realidad. En su montura bien disimulado tenía unos números romanos que coincidían con el pergamino que estaban leyendo.

—Creo que la siguiente pista está en la costanera porque para ahí apuntaba la estatua, con la remodelación de la avenida la movieron para despistar –dijo Oscar con seguridad.
—Pero viejo, toda esa zona está re cambiada vamos a pasear y miramos, pero…
Se fueron hasta el hospital y tomaron la línea 2 de la Mariano Moreno, que los llevaba a dos cuadras del lugar. Llegaron y saludaron simbólicamente al General que daba inicio al último tramo de la avenida. Recorrieron ida y vuelta y no vieron nada solo algo en la base de la estatua que miraba silenciosamente todo el tránsito de los semáforos, un símbolo con una flecha bien disimulada que apuntaba a lo más alto del Parque o al inicio del mismo.
—¿Para dónde vamos? ¡Yo ya no quiero!
—Estamos re cerca Negro, vamos.
Ese día no fueron, era demasiado el movimiento para la pequeña y quedaron ir la próxima vez, y dibujar cada uno de los ornamentos de bronce que acompañan al monumento a Urquiza para tratar de descifrar algo. Cuando llegó el día de ir, se desató una tormenta que no paró en todo el fin de semana. Llovió intermitentemente por casi un mes. Parecía que no querían que se descifrara nada y que todo quedara en el olvido.
Pasaron dos meses y finalmente pudieron volver al lugar, mientras estaban con su tarea una nena rubia se les acercó y les preguntó qué estaban haciendo y en un parpadeo se perdió entre la gente, ellos no se inmutaron y siguieron con su propósito. Cuando se estaban yendo una patrulla los paró y atrás de esta paró un auto blanco y los invitaron a subir.
Los vidrios polarizados no dejaban ver el exterior. Recorrieron la ciudad durante unos veinte minutos y finalmente bajaron en un garaje medio oscuro. Elva lloraba y pedía clemencia por su hija y Oscar se colocaba delante de las dos midiendo a los captores para darles un castañazo. Nadie decía una palabra, solo les hacían señas.
Los condujeron por un pasillo largo y sinuoso que daba a un gran salón, donde había un escritorio con manteles rojos y alrededor, a pesr d la oscuridad, se veían unas máscaras que daban miedo.
–Mira mami estamos en la escuela, mira el transportador –le decía María a su madre asustada.
–En este punto –dijo el que estaba en el escritorio– no hay vuelta atrás.
—Por favor señor les devolvemos los papeles, ¡pero no nos hagan nada!
–Ya los tenemos, ¿de dónde los sacaron?
—De mi trabajo, señor, pero les juro que no sabía nada, nadie sabía ni sabe nada.
—¿De qué trabajo? ¿En dónde?
—En el teatro estábamos arreglando el piso y lo encontré ahí –respondió Oscar visiblemente asustado.
–¡Díganos ya, todo lo que saben!
Elva tomó la palabra y le fue contando con la esperanza de que los dejaran ir.
–Les ayudamos a descifrarlos y leerlos pero déjenos ir, ¡por favor!
Entre los tres les explicaron y de un momento a otro llegaron personas vestidas de verdugos, todos se pusieron a llorar desconsoladamente.
—Levántese hombre, tenemos una propuesta para ustedes: se unirán a nosotros como aprendices desde ahora y por diez generaciones con la condición de descifrar las dos últimas hojas. Oscar, usted en un tiempo será jefe de su trabajo para que Elva solo dedique su tiempo al estudio de la orden y todo lo que surja. No pueden negarse y no pueden salirse de la orden, de lo contrario… la única salida es Perú al final.
Mientras les decía estas últimas palabras, los miraba por encima de sus lentes dorados.
Ahí mismo se pusieron a tratar de leer la hoja, pidieron leche, una vela y un mate cosido. Le aplicaron todo y no a aparecía nada. Solo por un momento se pudo leer una frase en latin que el Maestre la tradujo sin diccionario alguno. Debían dirigirse a la cúpula de la primera iglesia donde los enviados del virrey se establecieron, uno de esos cristales dejaría leer perfectamente el mensaje. Allí fueron. El templo estaba cerrado y solo se encontraba la familia y el Maestre. En uno de los pergaminos decía exactamente dónde estaba todo y cuánto era, en el último e esos papeles amarillos y gastados por el tiempo solo se veían esquemas y dibujos, parecidos a unas notas de una clase de arquitectura.

Antes de salir de la iglesia pusieron los pergaminos en una caja de metal y nadie los volvió a ver.
Algunos dicen que se incineraron junto al gran Maestre cuando este murió, otros dicen que aún continúan enterrados en una tumba de un gran prócer, otros que los pergaminos fueron escondidos en alguna parte de la ciudad, y los más tristes dice que solo se trató de una leyenda.
Pero la suerte que le tocó a la familia de trabajadores fue pertenecer a la logia que los incorporó como vigías y guardias de aquello que en un principio buscaban. Les hicieron entender que el secreto tan guardado y cuidado era por el bien de todos y las futuras generaciones y solo ellos conocieron la verdad del asunto. Transmitieron el conocimiento de generación en generación, siempre como guardianes, alcanzando un alto grado como el de muchos de nuestros héroes de la patria y con un claro propósito.
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